Tengo dieciocho años y las ideas estúpidamente claras.
Sé que quiero trabajar en algo artístico, en cosas relacionadas con el cine (o la televisión a falta de otra cosa) o con la música. En el fondo lo quiero porque siempre me ha frustrado no poder ni escribir, ni dibujar, ni cantar en condiciones, aunque sigo intentándolo.
También sé que no quiero irme de Madrid, aunque si por las razones que más adelante diré tuviera que hacerlo, ni me lo pensaría. Madrid será una ciudad ruidosa, sucia y ajetreada, pero no eres nadie y tienes todas las libertades que eso conlleva. Y, en fin, si a veces disfruto de música “noise”, aprenderé a disfrutar del ruido de Madrid.
Sé que quiero irme de casa cuanto antes. La tensión a veces es inaguantable y, de todas formas, estoy en la edad de querer hacerlo, sigo en la edad del pavo. Pero en fin, si cuando tenía seis años me agobiaba pensando que nunca podría comprar un piso, ahora más. Y quiero poder organizar mi casa, quiero poder decorarla y quiero poder compartirla.
Sé que no me quiero casar más que por los beneficios que aporta. No necesito que un cura o un funcionario o quién demonios oficie las bodas por lo civil me diga tres tonterías que no significan nada para mí. No necesito un papel que me diga que tal persona es de mi propiedad y que yo lo soy de la suya. No me hacen falta anillos.
Sé que no quiero tener hijos porque son un incordio. Quizá esto sea lo más irracional… Me hartan, me irritan, me dan bastante asco, se me antojan una carga innecesaria. En fin, instinto maternal cero, y esperemos que así siga muchos años. (Aunque hay excepciones, hay algún niño que es muy achuchable).
Pero por encima de todo esto sé una cosa, y es que quiero estar con él. Que es mi vida, que lo dejaría todo por él. Sería cajera en Teruel, casada hace diez años y con cuatro hijos siempre que él no me faltase. Sé que quiero compartir mi vida con él, sé que quiero vivir a su lado, aprender de él, aprendérmelo a él. Quiero tener sus ojos cerca para verme reflejada; quiero tener sus labios cerca para que me hable y me bese; quiero tener su pecho cerca para dormir en él; quiero tener sus brazos cerca para que no me suelte.
Sí, me queda toda una vida por delante y ya tengo las ideas estúpidamente claras. Y soy feliz.